ESPERANZA
El dolor había cesado, las batas blancas pasaban centelleantes a través de la ventana, buscando, quizás, otra víctima de sus pérfidas agujas. A mi alrededor, se había instalado un bullicio constante, proveniente de las urnas adyacentes. Los demás, inconscientes quizás hasta de su propia existencia, lloraban y se retorcían en pos de alguna mano salvadora. No llegaba. Nunca llegaba la mano que tanto ansiaban, o quizás, por qué no decirlo, ansiábamos, nos izara de nuestro sufrimiento dejando atrás la jaula que el caprichoso destino había inventado para nosotros.
La luz que entraba por el resquicio de la puerta, iba muriendo cual puesta de sol en verano intentando parar la agonía que la llevaba a su fin. Llegó la oscuridad de la noche, con ella se fueron apagando los sollozos de mis vecinos de cuna y gracias a su silencio el sueño se fue adueñando de mi ser.
Luz, sombras, bullicio. Las idas y venidas de los hombres de las batas blancas hacían suponer que el día había renacido, y con él, una nueva esperanza asomó el rostro a través del cristal que nos separaba de la realidad. Allí, de pie, saludando con la mano al infinito, e intentando que nuestros ojitos se pararan a prestarles atención, una decena de personas pegaban sus rostros al cristal, intentando vanamente arrancarnos la sonrisa que les devolviese la ilusión. Mis congéneres se deshacían en gorjeos y pataletas mostrando, o intentando hacerlo, que su presencia al otro lado del cristal, no había pasado desapercibida, y que sus sonrisas servían para insuflar el ánimo y la esperanza a nuestros débiles corazones.
Los saludos se fueron apagando, las personas desfilaban a través de una puerta donde sus siluetas se iban ocultando a la visión que nos daban nuestras urnas, al fin, la soledad volvió, pero esta vez, acompañada de la esperanza de volver a ver aquellos rostros que denotaban cariño, amor, o quizás sólamente empatía.