miércoles, 15 de junio de 2011

VIDA CAPÍTULO IV

ESPERANZA

El dolor había cesado, las batas blancas pasaban centelleantes a través de la ventana, buscando, quizás, otra víctima de sus pérfidas agujas. A mi alrededor, se había instalado un bullicio constante, proveniente de las urnas adyacentes. Los demás, inconscientes quizás hasta de su propia existencia, lloraban y se retorcían en pos de alguna mano salvadora. No llegaba. Nunca llegaba la mano que tanto ansiaban, o quizás, por qué no decirlo, ansiábamos, nos izara de nuestro sufrimiento dejando atrás la jaula que el caprichoso destino había inventado para nosotros.

La luz que entraba por el resquicio de la puerta, iba muriendo cual  puesta de sol en  verano intentando parar la agonía que la llevaba a su fin. Llegó la oscuridad de la noche, con ella se fueron apagando los sollozos de mis vecinos de cuna y gracias a su silencio el sueño se fue adueñando de mi ser.

Luz, sombras, bullicio. Las idas y venidas de los hombres de las batas blancas hacían suponer que el día había renacido, y con él, una nueva esperanza asomó el rostro a través del cristal que nos separaba de la realidad. Allí, de pie, saludando con la mano al infinito, e intentando que nuestros ojitos se pararan a prestarles atención, una decena de personas pegaban sus rostros al cristal, intentando vanamente arrancarnos la sonrisa que les devolviese la ilusión. Mis congéneres se deshacían en gorjeos y pataletas mostrando, o intentando hacerlo, que su presencia al otro lado del cristal, no había pasado desapercibida, y que sus sonrisas servían para insuflar el ánimo y la esperanza a nuestros débiles corazones.

Los saludos se fueron apagando, las personas desfilaban a través de una puerta donde sus siluetas se iban ocultando a la visión que nos daban nuestras urnas, al fin, la soledad volvió, pero esta vez, acompañada de la esperanza de volver a ver aquellos rostros que denotaban cariño, amor, o quizás sólamente empatía.

martes, 7 de junio de 2011

VIDA CAPÍTULO III

DOLOR

Luz, hay luz. De las entradas a la estancia, de la puerta acristalada, centelleaba una luz blanquecina, la cual no deslumbraba a causa de las sombras y siluetas que proyectaban las personas que permanecían al otro lado de la puerta.

De repente se abrió. Al interior de la sala fueron entrando los extraños que hasta hacía escasos segundos permanecían al otro lado de la misma. Ataviados con batas blancas, fueron colocándose uno a uno alrededor de mi hurna.

Me miraban, sin mediar palabra se fueron mirando entre ellos para acto seguido volver a mirarme.
-Veamos pues- dijo una voz, que si al instante no fue reconocida por mi cerebro, al cabo de unos segundos fue recordada con total nitidez como aquella que escupió la nefasta afirmación de -"morirá".

Una mano enfundada en un guante de plástico blanco se posó sobre mi tripa y empezó a tentar aquí y allí, al principio era placentero,aunque con algún sobresalto por alguna cosquilla practicada sin querer, el contacto con otro ser humano aunque fuese virtualmente a través de un guante, parecía hacer sentirme vivo otra vez.

Fue una mera ilusión, mientras el señor del guante me apretaba aquí y allí cada vez con más fuerza, otro de los presentes punzaba mi brazo sin aviso previo. La sensación de tranquilidad que se había apoderado de mi ser en el momento del roce de aquel guante, fue turbada por el intenso dolor al que me sometían con aquella aguja hipodérmica.

Cesó. El echo en sí hubiese bastado para que mi ser sosegase su inquietud, pero cuando el trastorno ocasionado por la primera aguja estaba siendo olvidado por mi piel, un nuevo dolor se apoderó de mi ser proveniente de mi pie derecho, el cual, también estaba siendo horadado por una de aquellas agujas malditas, que aparecían sin que nada pudiese darme una pista de su origen y mucho menos de su destino final.

A estas alturas, me dejaba hacer, el dolor conseguía que no pudiese pensar en otra cosa que no fuese el escapar. Casi había conseguido huir a un mundo imaginario en el que el dolor fuese sólo una quimera de la imaginación, cuando tan de repente como había comenzado todo igualmente vino su final.

Las batas blancas fueron desfilando una a una hacia la puerta, y tan pronto hubo pasado la puerta el último, la  soledad volvió. Por un instante mi mente quiso que volvieran, que siguiesen haciendo, aunque ello supusiera el más terrible de los dolores, pero el cansancio iba haciendo aparición y poco a poco el sueño se apoderó de mi ser. Dormí.

jueves, 2 de junio de 2011

VIDA CAPÍTULO II

SOLEDAD

Ya no hay manos, una luz cegadora se abate sobre mi, intento entornar mis ojitos para ver que hay más allá de la luz blanquecina que me ciega.

Poco a poco mis ojos se van acostumbrando a la intensidad lumínica de la sala en la que me encuentro.

Intento recordar, las manos se fueron como hojarasca barrida por la brisa en una tarde otoñal, la quietud y el silencio que antes me rodeaban se a convertido en bullicio y desorden, provocado por los llantos de los neonatos que me rodean, y las idas y venidas de las enfermeras afanosas en descubrir el motivo de nuestro desasosiego.

Una de ellas pasa a mi lado y me mira, le agradezco la mirada con una sonrisa aunque ella distraida no se percata del guiño de complicidad.

Lloro.

De repente la soledad se apodera de mi ser, y el bullicio que me acompaña, antes bien recibido al saber que no estoy solo, me atormenta recordándome que aún con todos ellos a mi alrededor, la única compañía que 
consigo es la de mi propio yo.

La enfermera vuelve, ¡ahora sí!, ¡sé que viene a por mí!, soy alzado más allá de los límites de mi urna acristalada y devuelto a ella con la misma rapidez. No me había percatado, estaba tan entusiasmado con la idea de salir de allí, que no vi a la señora que la acompañaba, era menudita, su pelo lacio caía descontrolado por encima de sus hombros, y su rostro denotaba cierta amargura, quizás debido al cansancio acumulado de las noches de trabajo...-última sábana cambiada. dijo. me hundí de nuevo en mi urna, y entonces la soledad volvió.

domingo, 29 de mayo de 2011

VIDA CAPÍTULO I

VIDA

¿Presentación?, no necesito presentación, mi vida es demasiado inverosímil como para necesitar ninguna.

-¿hola? ¿hola?,- acabo de nacer y ya nadie me hace caso. 

-Morirá- sentencia un tipo al que acabo de conocer y que lleva puesta una bata verde estrafalaria y un gorrito de ducha que lo hace parecer hasta simpático.

-¿morirá? ¿ha dicho morirá?, !eh¡, no me sentencies todavía, sigo aquí, ¿sabes?.
Me retuerzo entre sus manos haciendole saber que lucho por hacer de su sentencia la mentira más absoluta.

-Morirá- vuelve a repetir, sin darle importancia al hecho innegable de que existo, -no puede sobrevivir tal y como ha nacido- esto hace que me vuelva a retorcer, no para pedirle explicaciones del por qué de sus palabras, sino para intentar comprobar si la malformación de la que habla es visible.

No veo nada, acabo de llegar a este mundo con la absoluta certeza de que moriré, pero no veo el por qué de tan nefasta afirmación. Me miro las manos, mis manitas con las que intento aferrarme a la vida desesperadamente, ¿son normales?, nunca he visto otras manos, ni siquiera las manos de las que depende ahora mismo mi vida son visibles para mí.

La incertidumbre se va apoderando de mi ser, mi cuerpecito se estremece al notar un escalofrío. Silencio, quietud, mi mente hace un alto para repasar los acontecimientos de mi corta existencia, ¿será verdad?, me dejo llevar, una tras otra se van posando sobre mi cuerpo las manos de los hombres de la bata blanca, tientan aquí y allí. Me dejo hacer.

Continuará...