martes, 7 de junio de 2011

VIDA CAPÍTULO III

DOLOR

Luz, hay luz. De las entradas a la estancia, de la puerta acristalada, centelleaba una luz blanquecina, la cual no deslumbraba a causa de las sombras y siluetas que proyectaban las personas que permanecían al otro lado de la puerta.

De repente se abrió. Al interior de la sala fueron entrando los extraños que hasta hacía escasos segundos permanecían al otro lado de la misma. Ataviados con batas blancas, fueron colocándose uno a uno alrededor de mi hurna.

Me miraban, sin mediar palabra se fueron mirando entre ellos para acto seguido volver a mirarme.
-Veamos pues- dijo una voz, que si al instante no fue reconocida por mi cerebro, al cabo de unos segundos fue recordada con total nitidez como aquella que escupió la nefasta afirmación de -"morirá".

Una mano enfundada en un guante de plástico blanco se posó sobre mi tripa y empezó a tentar aquí y allí, al principio era placentero,aunque con algún sobresalto por alguna cosquilla practicada sin querer, el contacto con otro ser humano aunque fuese virtualmente a través de un guante, parecía hacer sentirme vivo otra vez.

Fue una mera ilusión, mientras el señor del guante me apretaba aquí y allí cada vez con más fuerza, otro de los presentes punzaba mi brazo sin aviso previo. La sensación de tranquilidad que se había apoderado de mi ser en el momento del roce de aquel guante, fue turbada por el intenso dolor al que me sometían con aquella aguja hipodérmica.

Cesó. El echo en sí hubiese bastado para que mi ser sosegase su inquietud, pero cuando el trastorno ocasionado por la primera aguja estaba siendo olvidado por mi piel, un nuevo dolor se apoderó de mi ser proveniente de mi pie derecho, el cual, también estaba siendo horadado por una de aquellas agujas malditas, que aparecían sin que nada pudiese darme una pista de su origen y mucho menos de su destino final.

A estas alturas, me dejaba hacer, el dolor conseguía que no pudiese pensar en otra cosa que no fuese el escapar. Casi había conseguido huir a un mundo imaginario en el que el dolor fuese sólo una quimera de la imaginación, cuando tan de repente como había comenzado todo igualmente vino su final.

Las batas blancas fueron desfilando una a una hacia la puerta, y tan pronto hubo pasado la puerta el último, la  soledad volvió. Por un instante mi mente quiso que volvieran, que siguiesen haciendo, aunque ello supusiera el más terrible de los dolores, pero el cansancio iba haciendo aparición y poco a poco el sueño se apoderó de mi ser. Dormí.

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