jueves, 2 de junio de 2011

VIDA CAPÍTULO II

SOLEDAD

Ya no hay manos, una luz cegadora se abate sobre mi, intento entornar mis ojitos para ver que hay más allá de la luz blanquecina que me ciega.

Poco a poco mis ojos se van acostumbrando a la intensidad lumínica de la sala en la que me encuentro.

Intento recordar, las manos se fueron como hojarasca barrida por la brisa en una tarde otoñal, la quietud y el silencio que antes me rodeaban se a convertido en bullicio y desorden, provocado por los llantos de los neonatos que me rodean, y las idas y venidas de las enfermeras afanosas en descubrir el motivo de nuestro desasosiego.

Una de ellas pasa a mi lado y me mira, le agradezco la mirada con una sonrisa aunque ella distraida no se percata del guiño de complicidad.

Lloro.

De repente la soledad se apodera de mi ser, y el bullicio que me acompaña, antes bien recibido al saber que no estoy solo, me atormenta recordándome que aún con todos ellos a mi alrededor, la única compañía que 
consigo es la de mi propio yo.

La enfermera vuelve, ¡ahora sí!, ¡sé que viene a por mí!, soy alzado más allá de los límites de mi urna acristalada y devuelto a ella con la misma rapidez. No me había percatado, estaba tan entusiasmado con la idea de salir de allí, que no vi a la señora que la acompañaba, era menudita, su pelo lacio caía descontrolado por encima de sus hombros, y su rostro denotaba cierta amargura, quizás debido al cansancio acumulado de las noches de trabajo...-última sábana cambiada. dijo. me hundí de nuevo en mi urna, y entonces la soledad volvió.

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